lunes, 21 de octubre de 2013

Portiugaal, historia de corrupción y barbarie para niños




(Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia)
La vida en Portugal Zombie transcurre sin problemas, hundiéndonos en el más oscuro abismo de la deuda externa-interna,  por eso hoy,  para todos los niñitos, contaremos una historia de otro país. Otro país, un país nórdico del sur llamado Portiugaal, para que les  cuenten a sus amiguitos y se diviertan sano y en familia.
 
 
 
Había un país llamado Portiugaal, (cualquier similitud con otro país, reino, provincia o zoológico es pura coincidencia) gobernado por un tirano fascista, o mejor dicho dos tiranos fascistas o mejor aún: tres tiranos fascistas, algo parecido a los tres chiflados, pero mucho más tenebrosos  y, a diferencia de estos, repugnantes.
Estos gobernantes hostigaban a su pueblo los “tiugalitos”. Y entre vinacho y caviar pagado por el dinero de los atontados contribuyentes, robaban eficazmente  al pueblo y al estado para bienestar de sus bolsillos y de sus jefes. En este país ya no había hadas, ni superhéroes de ningún tipo, todos habían emigrado. Algunos hasta tuvieron que vender sus capas y botas para pagarse un boleto en colectivo para ir a Suiza. Al ratón Pérez - ese roedor español - le robaron hasta los dientes y  un Hada tuvo que vender su cuerpo y su varita para conseguir su pasaporte para Africa.
El más feo de ellos era un homosexual católico no asumido que robaba y vendía a su patria al mejor postor. Coordinaba el Centro de Despotismo Sádico, una asociación que combinaba en su justa medida religión con tortura.
 
 
El más tonto de ellos era un semi-mono mutante que quería simular inteligencia impostando la voz. Y mientras entretenía al “soberano” con cuentos chinos en voz modulada, vendía a su patria y traicionaba a su pueblo. Mintiendo y privatizando. Privatizando y mintiendo. Mintiendo y descuartizando trabajadores.

 
El más viejo y más astuto de ellos tenía aversión de los pobres y pensaba en un exterminio lento de los más desfavorecidos  como una solución final. Repetía  que a fin de cuentas después de muerto, el pueblo de los pobres no tendría más hambre. Combinaba su maldad con pericia numérica, y con ayuda del Banco Putrefacto Nacionalista  solventaba sus negocios ilícitos. “Solución final” gritaba el viejo en sus sueños, babeándose.
 

 
Las tres hienas traidoras, como cariñosamente eran conocidos por la gente, pretendían cambiar la constitución para facilitar el exterminio definitivo de su pueblo. Y así lo hicieron con ayuda externa, de economistas naazziss y de otros animales ávidos de sangre e imperio.
El pueblo abúlico, anestesiado, y con miedo  veía como las tres moiras se apoderaban de todo y lo vendían rápidamente al extranjero. Dejándo a su pais progresivamente sin nada. Sin pertenencias, sin trabajo,  sin sangre solo con sus miserias.

 


 
Como la justicia era lenta o no existía, las tres hienas violaron niños, mujeres y ancianas, por pura diversión o aburrimiento. Mataron trabajadores, y a todos los opositores haciendo ollas populares con cadáveres guisados. Decían: para el pueblo lo que es del pueblo.
Los superhéroes emigrados, que ahora servían café en los países Muynórdicos, no pudieron ayudar, y los últimos niños  rebeldes en morir cavaron las fosas donde fueron enterrados.
La tierra quedó sin “tiugasitos” solo sobrevivió una pequeña aristocracia que colaboró con el gobierno para mantener un grupo reducido de esclavos y algo que definian como República P.


 
Niños, no hay nada en el infierno que se diferencie de esta vida. Pero intenten no elegir a la muerte como solución.
La lucha es desigual, lo sabemos, pero si esta es la hora de cosechar cadáveres, les recomiendo que se empiecen a defender por cualquier medio si quieren unas horas más en este infierno.
Y colorín colorado este cuento se ha terminado. Ahora, sin moraleja, a dormir niñitos. Que mañana vamos a inaugurar nuevos cementerios.


 
(Un agradecimiento a João La Fontaine da Silva Barroso por sus aportes.)
Buenas noches,


 

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